La obra de Alejandro Romero Salgado es una obra callada. Y no sólo por que el silencio sea un tema recurrente en el arte de este escultor de origen colombiano, si no porque se trata de una presencia cifrada, hermética y monolítica, trazada a partir de símbolos que se envuelven sobre sí mismos y quizá existen, más que con un objetivo propio, con aquél que el espectador desee darles. El lenguaje en el que se expresa es uno de susurros. A veces es complejo y ornamentado, como en las láminas arcanas de los alquimistas; otras se presenta tan parco e inescrutable como un menhir o un fósil olvidado. No nos atrapa o nos hace frenar de golpe. Más bien se insinúa poco a poco, nos incomoda o nos aquieta, nos hace darle vueltas, figurativa y literalmente, nos deja partir y regresar, y se encuentra siempre a la espera.
Cifra, símbolo, figura, signo y material existen: su presencia física fundamenta su esencia, su razón primigenia. Formas que abarcan del pigmento a la madera aparecen recubiertas de atributos que, al rehusarse a compartir su icónico significado o quizá no tener ninguno, reflejan nuestras propias incógnitas. Con el pasar del tiempo puede que un sentimiento de frustración empiece a develarnos a nosotros mismos. Paredes aparentemente inocuas se convierten en lienzos con diagramas inventados—“inventados” en el más puro sentido de la palabra, porque la invención, cuando hace repentino acto de presencia es tanto lúdica como misteriosa. Pequeñas redondeces que nos recuerdan animalitos marinos petrificados en el tiempo parecen de pronto abrirse para que les demos nombre propio y cara—ahora sí, ahora no. Y a veces callamos porque esperamos sorprender significados cuando, desapercibidos, se asoman entre las grietas, o porque no queremos interrumpir el sigiloso curso de estas presencias mudas, su enigmática existencia.
Mariana Ortega, abril 2006 |